La adolescencia es una etapa signada por cambios estructurales, motivo por el cual, también es una época caracterizada por el desequilibrio y la inestabilidad.  La adolescencia implica fundamentalmente el atravesar procesos de duelo, es decir de pérdida, con la correspondiente asunción de lo nuevo. Pueden contarse tres grandes duelos propios de esta etapa vital (Aberastury, knobel, 1984). El duelo por el cuerpo infantil a un cuerpo sexuado. La pérdida del rol infantil, al ensayo de roles ligados a la juventud. El duelo por el lugar y la imagen que ocupan los padres de la infancia, dando espacio hacia la generación de vínculos más horizontales. Tales cambios acarrean conductas que suelen ser conflictivas para los adolescentes y su entorno. En este período, se suelen desplegar conductas y manifestaciones, que de aparecer en otra época de la vida, podrían ser planteadas como manifestaciones patológicas (Aberastury, knobel, 1984). Por otro lado, debido a la fragilidad psíquica en la que se encuentran los adolescentes, a razón de los cambios que deben enfrentar, suelen aparecer en esta época vital fenómenos que revisten gravedad. Ante esas manifestaciones, los adultos suelen quedar desorientados y los adolescentes suelen carecer de un  ámbito que permita cierta elaboración de la conflictividad por la que atraviesan. En este sentido, el tratamiento tiene como principal actor al adolescente, quien ya dispone de herramientas que le permiten reflexionar y pensar sobre su sufrimiento. El trabajo con los padres tendrá que ver con la orientación y colaboración en la comprensión de la sintomatología que el adolescente presenta.