De la metáfora poética a la fenomenología clínica: Oliverio Girondo y la difusión de identidad en Otto Kernberg.
Hay textos literarios que logran describir la vivencia psíquica con una precisión quirúrgica. En Espantapájaros (1932), Oliverio Girondo utiliza la ironía, el sarcasmo y una mordacidad singular para dar voz a una sensación vertiginosa: la imposibilidad de consolidar un Yo unificado. El poema 8 de esa obra constituye una de las metáforas literarias más potentes y gráficas para ilustrar la vivencia subjetiva de la difusión de identidad y la falta de integración del Yo, conceptualizaciones centrales en la obra de Otto Kernberg para pensar los trastornos graves de la personalidad.
El contraste entre la ironía poética de Girondo y el rigor del concepto clínico resulta especialmente fecundo para ilustrar aquello a lo que Kernberg se refiere cuando plantea que la difusión de identidad es uno de los aspectos definitorios de los trastornos límite de la personalidad y de determinados cuadros de patología narcisista. Para articular el texto literario con la teoría psicoanalítica, sin perder la frescura del poema, conviene comenzar por la lectura de la prosa de Girondo:
“Yo no tengo una personalidad; yo soy un cocktail, un conglomerado, una manifestación de personalidades.
En mí, la personalidad es una especie de furunculosis anímica en estado crónico de erupción; no pasa media hora sin que me nazca una nueva personalidad.
Desde que estoy conmigo mismo, es tal la aglomeración de las que me rodean, que mi casa parece el consultorio de una quiromántica de moda. Hay personalidades en todas partes: en el vestíbulo, en el corredor, en la cocina, hasta en el W. C.
¡Imposible lograr un momento de tregua, de descanso! ¡Imposible saber cuál es la verdadera! Aunque me veo forzado a convivir en la promiscuidad más absoluta con todas ellas, no me convenzo de que me pertenezcan.
¿Qué clase de contacto pueden tener conmigo —me pregunto— todas estas personalidades inconfesables, que harían ruborizar a un carnicero? ¿Habré de permitir que se me identifique, por ejemplo, con este pederasta marchito que no tuvo ni el coraje de realizarse, o con este cretinoide cuya sonrisa es capaz de congelar una locomotora?
El hecho de que se hospeden en mi cuerpo es suficiente, sin embargo, para enfermarse de indignación. Ya que no puedo ignorar su existencia, quisiera obligarlas a que se oculten en los repliegues más profundos de mi cerebro. Pero son de una petulancia… de un egoísmo… de una falta de tacto…
Hasta las personalidades más insignificantes se dan unos aires de trasatlántico. Todas, sin ninguna clase de excepción, se consideran con derecho a manifestar un desprecio olímpico por las otras, y naturalmente, hay peleas, conflictos de toda especie, discusiones que no terminan nunca. En vez de contemporizar, ya que tienen que vivir juntas, ¡pues no señor!, cada una pretende imponer su voluntad, sin tomar en cuenta las opiniones y los gustos de las demás.
Si alguna tiene una ocurrencia, que me hace reír a carcajadas, en el acto sale cualquier otra, proponiéndome un paseíto al cementerio. Ni bien aquélla desea que me acueste con todas las mujeres de la ciudad, ésta se empeña en demostrarme las ventajas de la abstinencia, y mientras una abusa de la noche y no me deja dormir hasta la madrugada, la otra me despierta con el amanecer y exige que me levante junto con las gallinas.
Mi vida resulta así una preñez de posibilidades que no se realizan nunca, una explosión de fuerzas encontradas que se entrechocan y se destruyen mutuamente. El hecho de tomar la menor determinación me cuesta un tal cúmulo de dificultades, antes de cometer el acto más insignificante necesito poner tantas personalidades de acuerdo, que prefiero renunciar a cualquier cosa y esperar que se extenúen discutiendo lo que han de hacer con mi persona, para tener, al menos, la satisfacción de mandarlas a todas juntas a la mierda.”
De la experiencia poética al concepto clínico.
El poema 8 de Espantapájaros puede leerse como una figuración fenomenológica, o poética, de una experiencia compatible con algunos aspectos de la difusión de identidad. No se trata de un diagnóstico literario ni de una equiparación entre el autor y una estructura clínica, sino de una “fenomenología en primera persona” de la dispersión identitaria tal como Kernberg la describe. La literatura no diagnostica: pone en palabras una experiencia que el psicoanálisis, desde otro registro, puede conceptualizar.
Kernberg define la difusión de identidad como una falta de integración estable de las representaciones del sí mismo y de los otros significativos. Esta falta se manifiesta subjetivamente como vacío crónico, autopercepciones contradictorias y una vida interna caótica, junto con el predominio de defensas primitivas —escisión, idealización y devaluación— y una prueba de realidad relativamente conservada, aunque vulnerable en situaciones de estrés.
El poema de Girondo no teoriza, pero permite leer, desde una perspectiva fenomenológica, cómo podría experimentarse subjetivamente una identidad escindida y pobremente integrada. A continuación se articulan algunos pasajes del texto con la conceptualización kernberguiana.
La falta de un Yo integrado
“Yo no tengo una personalidad; yo soy un cocktail, un conglomerado, una manifestación de personalidades. En mí, la personalidad es una especie de furunculosis anímica en estado crónico de erupción…”
Aquí Girondo hace palpable la vivencia de la falta de un Yo integrado y la ausencia de una representación coherente de sí mismo y de los objetos. Las distintas identificaciones no han sido sintetizadas en una identidad del Yo madura, sino que coexisten de manera contradictoria e inestable. El texto refleja un concepto del sí mismo pobremente integrado, con múltiples autoimágenes contradictorias que coexisten sin alcanzar una síntesis.
En Kernberg, esto remite al núcleo del síndrome de difusión de identidad: la falta de coherencia del sentido de sí a lo largo del tiempo y en los distintos contextos. No se trata solamente de una multiplicidad de “personalidades”, sino de la dificultad para integrar representaciones contradictorias del self y de los objetos en una identidad estable. La escisión mantiene separadas representaciones del sí mismo y del objeto que, en una organización más integrada, podrían reconocerse como aspectos diferentes de una misma persona.
Inestabilidad y proliferación de estados del self “…no pasa media hora sin que me nazca una nueva personalidad.”
Queda ilustrada aquí la inestabilidad y proliferación de estados del self, sin continuidad ni narrativa unificadora. Clínicamente, esto puede observarse como autopercepciones que cambian dramáticamente según el estímulo presente y los vínculos activos. Estas autopercepciones no solo cambian: cohabitan. Tal como lo describe el poeta, son vivenciadas como yuxtaposiciones que el sujeto experimenta con confusión y con altos montos de ansiedad.
La cuestión no es simplemente el cambio de estado, algo que puede formar parte de la experiencia psíquica normal, sino la ausencia de una integración que permita reconocer esos diferentes estados como pertenecientes a un mismo self. La dispersión no se organiza como transformación, sino como simultaneidad caótica.
El caos interno y su expresión vincular
“Desde que estoy conmigo mismo, es tal la aglomeración de las que me rodean […] ¡Imposible lograr un momento de tregua, de descanso! ¡Imposible saber cuál es la verdadera!”
En estas oraciones, Girondo pone en escena la incapacidad de identificar un self nuclear que organice la experiencia. También da cuenta del reinado de conflictos internos entre partes escindidas, que luego se traducen en conflictos con el mundo que rodea al sujeto. Estos conflictos internos son fuente de ansiedad y pueden expresarse en conflictos interpersonales.
En la entrevista estructural, esto se traduce en la dificultad para transmitir al analista una concepción coherente y empáticamente comprensible de sí mismo y de los otros. Asimismo, puede percibirse contratransferencialmente a través de estados de ansiedad vinculados al caos y a los conflictos internos del paciente.
Estos elementos escindidos y caóticos son fuente de externalizaciones, en términos de Kernberg: conductas directas e impulsivas mediante las cuales el paciente descarga afectos severos o conflictos intrapsíquicos en el entorno exterior, ya sea dentro del encuadre analítico o en su vida cotidiana.
Resulta especialmente interesante aquí la articulación entre difusión de identidad y escisión: aquello que no puede ser integrado intrapsíquicamente puede aparecer actuado en el vínculo con los otros. El conflicto que no logra organizarse como representación puede desplazarse hacia la acción y hacia la relación interpersonal.
La extrañeza frente a las propias partes
“Aunque me veo forzado a convivir en la promiscuidad más absoluta con todas ellas, no me convenzo de que me pertenezcan.”
Lo que predomina es la sensación de una cohabitación impuesta: un yo que se siente obligado a convivir con partes que ocupan su psiquismo sin que exista una instancia capaz de integrarlas en una narrativa coherente del sí mismo. La alusión a la palabra “promiscuidad” puede interpretarse en relación con la falta de diferenciación, límites y organización entre representaciones libidinales y agresivas del self y del objeto, que coexisten de modo caótico y contradictorio, sin poder ser metabolizadas en una identidad unificada.
Aquí aparece una cuestión clínica particularmente fecunda: la difusión de identidad no equivale simplemente a “tener muchas personalidades”, sino a no poder experimentar esas diferentes representaciones como aspectos integrados de un mismo sí mismo. La dificultad está en la integración, no en la diversidad de identificaciones.
En este punto también puede evocarse, aunque desde otra perspectiva teórica, la concepción de lo “parasitario” que Lacan desarrolla en relación con Joyce. La articulación no sería una equivalencia diagnóstica entre Girondo y Joyce, sino una resonancia conceptual en torno a aquello que se presenta como extraño o no integrado en la experiencia del sujeto.
Así, el poema de Girondo puede leerse como una poderosa figuración poética de aquello que Kernberg conceptualiza clínicamente: un sí mismo constituido por representaciones múltiples y contradictorias que no alcanzan una síntesis estable.
Lo inconfesable, la agresión y la sexualidad “¿Qué clase de contacto pueden tener conmigo —me pregunto— todas estas personalidades inconfesables, que harían ruborizar a un carnicero? ¿Habré de permitir que se me identifique, por ejemplo, con este pederasta marchito que no tuvo ni el coraje de realizarse, o con este cretinoide cuya sonrisa es capaz de congelar una locomotora?”
En estas preguntas, Girondo pone en escena una dimensión central de la difusión de identidad: la coexistencia, en un mismo psiquismo, de representaciones del self cargadas de agresión, vergüenza y transgresión, que el sujeto no puede integrar ni reconocer como propias. Desde la perspectiva de Kernberg, en los trastornos graves de la personalidad y en los desórdenes del narcisismo, la vida pulsional aparece frecuentemente como una mezcla caótica de pulsiones de vida y de muerte, donde la excitación sexual se infiltra de componentes agresivos no metabolizados.
Esto puede traducirse clínicamente en una sexualidad “muy desordenada”: promiscuidad, acting out, conductas transgresoras y fantasías o actos que el propio sujeto vive como inaceptables, peligrosos o “inconfesables”. El acento, sin embargo, no está solo en la transgresión, sino en la imposibilidad de identificación con esas partes.
Las “personalidades inconfesables” del poema son, en términos de Kernberg, representaciones internalizadas del self y del objeto, teñidas de agresión, sadismo, perversión o degradación, que no han podido ser integradas en una identidad coherente. El sujeto las padece como intrusos: “¿Habré de permitir que se me identifique con…?”, pregunta el yo poético, como si la mera posibilidad de ser reconocido en esas figuras lo amenazara con una catástrofe identitaria.
Así, lo “inconfesable” no remite solo a contenidos sexuales o transgresores en sí mismos, sino a la experiencia de extrañeza radical frente a esos impulsos y escenas internas. En la difusión de identidad, el paciente no puede decir “esto soy yo”, aunque lo sienta actuar en su cuerpo y en su historia; esas partes permanecen escindidas, desautorizadas y proyectadas. La sexualidad, entonces, no aparece como una dimensión erótica integrada, sino como un campo donde se dramatizan, de modo caótico y transgresor, las fallas en la integración del self y en la capacidad de amar sin destruir.
Escisión, ambivalencia y conflicto interno.
“Hasta las personalidades más insignificantes se dan unos aires de trasatlántico. Todas, sin ninguna clase de excepción, se consideran con derecho a manifestar un desprecio olímpico por las otras, y naturalmente, hay peleas, conflictos de toda especie, discusiones que no terminan nunca.”
Este pasaje escenifica la escisión del Yo. A diferencia de la neurosis —donde opera la represión y hay un Yo central que entra en conflicto con lo reprimido—, en la organización límite predomina la escisión, la polarización de identificaciones y la incapacidad de tolerar la ambivalencia.
Las partes del self compiten, se desautorizan y se anulan mutuamente. Esto sostiene la vivencia de “fuerzas encontradas que se entrechocan y se destruyen”, compatible con la descripción de una vida interna fragmentada y contradictoria. La escisión impide reconocer que el amor, el odio, la idealización y la devaluación pueden referirse a un mismo objeto o a un mismo sí mismo.
“Mi vida resulta así una preñez de posibilidades que no se realizan nunca, una explosión de fuerzas encontradas que se entrechocan y se destruyen mutuamente. El hecho de tomar la menor determinación me cuesta un tal cúmulo de dificultades…”
La dispersión identificatoria consume una cantidad inmensa de energía psíquica, derivando en inhibición, abulia o parálisis decisional frente a la vida y los objetos. Aquí se hace visible la parálisis decisoria derivada de la falta de un self coordinador.
Clínicamente, esto se vincula con conductas contradictorias que no pueden integrarse en una forma emocionalmente significativa. También se torna palpable el vacío crónico y la dificultad para investir proyectos de manera sostenida, sean estos profesionales, recreacionales, interpersonales o sexuales. En la práctica, puede observarse una inconsistencia de valores y metas que cambian según el contexto relacional.
A modo de cierre:
Donde Kernberg describe una estructura —difusión de identidad, defensas primitivas y prueba de realidad conservada—, el poema ofrece la textura fenomenológica de esa estructura: el ruido interno, la imposibilidad de tregua, la sensación de ser “muchos” sin ser “uno”. Leer el poema 8 de Espantapájaros en clave clínica ayuda a pasar de la categoría diagnóstica a la experiencia vivida.
Permite, además, recordar que detrás de la denominación “trastorno límite de la personalidad” hay una subjetividad que intenta, sin éxito, poner de acuerdo a sus propias partes. La potencia del texto de Girondo reside precisamente en eso: en transformar una dificultad conceptual en una experiencia casi tangible, hecha de contradicción, humor, angustia y fragmentación.
Lic. en Psicología, Magíster en Psicoanálisis Vanina De Simone
Bibliografía
Girondo, O. (1932). Poema 8. En Espantapájaros (al alcance de todos). Buenos Aires: Editorial Proa.
Kernberg, O. F. (1979). Desórdenes fronterizos y narcisismo patológico (S. Abreu, Trad.). Paidós. (Obra original publicada en 1975).
Kernberg, O. F. (1987). Trastornos graves de la personalidad. Paidós. (Obra original publicada en 1975).

