Tratamiento con sujetos migrantes 

Desde una perspectiva psicoanalítica que privilegie lo singular, la migración no es un simple desplazamiento geográfico, sino un acontecimiento traumático que corta la continuidad del ser: implica atravesar partidas abruptas, duelos múltiples, desinvestiduras masivas y la obligación de reconstruir los anudamientos entre lo simbólico, lo imaginario y lo real en un nuevo escenario donde el Otro ha cambiado de rostro.

El sujeto migrante se arranca, o es arrancado,  de su lugar en el mundo. Esa decisión (o esa no-elección) se inscribe siempre en un entramado complejo: a veces obedece a un deseo propio (explorar, estudiar, desplegarse), otras veces es la única salida posible frente a la violencia, la guerra, la miseria o la persecución. 

Pero incluso cuando parece “libre”, nunca lo es del todo: el deseo de partir está siempre cruzado por lo familiar, transgeneracional, por ideales, por deudas simbólicas y por el peso del Gran Otro social.

La migración atraviesa el cuerpo y la psique: desestabiliza la identidad, rompe los puntos de capitoné del yo, pone en jaque los ideales y los objetos que hasta entonces sostenían el narcisismo. Por eso las categorías administrativas (“inmigrante, «refugiado «,»estudiante») resultan insuficientes. Sirven para ordenar el fenómeno, pero no capturan la verdad subjetiva de cada historia. 

En la cura, nuestra tarea será precisamente co-construir esa narrativa singular, re-inscribirla en la cadena significante para que el sujeto pueda apropiarse nuevamente de su deseo y de su nombre. 

Cuando falta esa red vincular, el vacío puede hacerse abismal: las pérdidas se vuelven más crudas, la melancolía amenaza con instalarse y el aislamiento se suma al extrañamiento cultural. En esos casos la clínica deberá propiciar, con prudencia, la creación o reactivación de nuevos lazos significativos, sin forzar una integración prematura que tapone el trabajo de duelo.

La migración es también cruce de miradas: la imagen que el sujeto tiene de sí mismo choca o se articula con la imagen que el Otro social le devuelve. Cuando hay reconocimiento, la integración puede ser más armónica; cuando hay rechazo, exotización o reducción al estereotipo, surgen síntomas, acting-out o inhibiciones severas. 

La integración, por tanto, nunca es solo “individual”: depende del modo en que el Gran Otro de la cultura de acogida abre o cierra la posibilidad de un lugar simbólico para el recién llegado.

Finalmente, todo sujeto migrante enfrenta, con intensidad variable, el duelo migratorio: pérdida de la lengua materna y sus matices, de la familia extendida, de la cultura metabolizada desde la infancia, del estatus social y laboral, del paisaje que sostenía la identidad. Estos duelos tendrán incidencias  tanto la presentación sintomática como la dirección de la cura.

En síntesis: la migración es un trauma de desanudamiento, que obliga al sujeto a rehacer, en condiciones muchas veces adversas, los lazos que lo sostienen como sujeto del deseo y del lenguaje. La clínica psicoanalítica con migrantes consiste, precisamente, en acompañar esa labor de re-tejido sin tapar la hiancia, sin forzar una adaptación que sería solo renegación del corte.

 La migración reactiva vivencias de desorientación, angustia e incertidumbre, reminiscentes de la entrada en el lenguaje que divide al sujeto; por ello, es crucial ayudar a reconocer cómo ha navegado desafíos pasados y qué significantes movilizó entonces para suturar la falta.

La experiencia migratoria posee la singularidad de condensar, a menudo de modo simultáneo y caótico, diversas dimensiones de la vida psíquica: lo vincular, lo identitario, lo cultural, lo corporal y lo social. En este cruce, el sujeto se confronta con un desgarro en el orden simbólico, donde las coordenadas familiares se deshilachan, exponiéndolo a un encuentro con lo Real que irrumpe en la forma de desorientación y angustia.

Una parte esencial del trabajo clínico radica en acompañar la reconstrucción de esa experiencia, facilitando al sujeto la posibilidad de otorgar forma, sentido y continuidad a lo vivido, al tiempo que identifica aquello que requiere para transitar el proceso de un modo más integrado. Aquí, el analista opera como un punto de anclaje que permite al sujeto re-tejer sus significantes, interrogando el deseo en medio del vacío generado por la migración.

El fin no reside en suprimir el conflicto, sino en propiciar condiciones para que el duelo se elabore y el sujeto halle modalidades más habitables de inscripción en la nueva realidad. Se trata de favorecer el pasaje por el duelo como una travesía por la falta, donde el objeto perdido pueda ser simbolizado, permitiendo al sujeto reposicionarse ante el gran Otro del nuevo contexto cultural y social.

 La migración reactiva vivencias de desorientación, angustia e incertidumbre, reminiscentes de la entrada en el lenguaje que divide al sujeto; por ello, es crucial ayudar a reconocer cómo ha navegado desafíos pasados y qué significantes movilizó entonces para suturar la falta.

Lic. En Psicología, Magíster en psicoanálisis. 

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