Tareas del analista con pacientes de frontera según André Green.

Tareas del analista con pacientes de frontera según André Green.

André Green propone una concepción ampliada de la contratransferencia que va más allá de las reacciones emocionales del analista: incluye un trabajo activo de elaboración imaginativa. El analista no se limita a registrar lo que siente, sino que usa esas sensaciones para imaginar y darle forma a lo que el paciente no logra representar.

En este marco, el encuadre analítico cobra una importancia central. Su estabilidad (frecuencia, horario fijo, presencia constante del analista) funciona como un continente que sostiene el funcionamiento mental del paciente, especialmente cuando este es frágil y desorganizado. 

El encuadre actúa como una especie de “piel psíquica” que permite que las tensiones y los impulsos vayan transformándose en pensamientos, fantasías y palabras.

Green sitúa el narcisismo como opuesto y complementario a las relaciones de objeto. En los estados fronterizos, justamente, se observa una falla en la estructuración del psiquismo que él describe como “locura privada”. Estos pacientes quedan atrapados entre dos extremos:

Por un lado, las  personas que no asocian, no sueñan, no imaginan y que, por tanto, excluye al analista de su mundo interno (exclusión objetal).

Por otro lado, los que tienden a una regresión funcional y a una dependencia extrema del objeto.

En ambos casos, el analista recurre a su contratransferencia para ayudar al paciente a integrar lo que está disociado y devolverlo al terreno de lo pensable.

Con estos pacientes, la función principal del analista es ayudar a representar los contenidos, inscribir las experiencias y formar huellas mnémicas. Como no hubo en su historia un objeto confiable que pudiera ausentarse y regresar, el funcionamiento psíquico queda gravemente afectado.

El analista, guiado por su contratransferencia y por las comunicaciones verbales y no verbales del paciente, construye un “homólogo” del funcionamiento mental de este último (un trabajo en espejo). Todo esto ocurre dentro del espacio potencial que crea el encuadre, donde las tensiones y los actos pueden transformarse en palabras y fantasías, es decir, en objetos para pensar.

Green en su libro, El pensamiento clínico y el psicoanálisis contemporáneo,

define el objeto analítico de esta manera:“El verdadero objeto analítico no se sitúa ni del lado del paciente ni del lado del analista, sino en la reunión de esas dos comunicaciones dentro del espacio potencial que se extiende entre ellos, limitado por el encuadre, que se rompe con cada separación y se reconstituye con cada reunión.”

Ese trabajo en espejo se elabora a través de la contratransferencia: el analista siente el efecto de la comunicación del paciente y trata de comprender su funcionamiento mental para completar lo que le falta. 

En el mismo libro Green afirma: “El analista responderá al vacío con un esfuerzo intenso de pensamiento, para tratar de pensar lo que el paciente no puede pensar”. Aquí, Green integra y amplía conceptos de Winnicott (espacio potencial, objeto transicional) y de Bion (contenedor-contenido, importancia del pensamiento).

 Introduce además la idea de procesos terciarios: procesos de relación que permiten que los procesos primarios y secundarios se limiten mutuamente y no se saturen. Estos procesos terciarios implican una movilidad libidinal (transformación y conversión de la energía) en lugar del estancamiento típico de los estados fronterizos.

En síntesis, los procesos terciarios constituyen un modelo de pensamiento analítico tanto para el analista como para el paciente. Combinan la asociación libre y la atención flotante (proceso primario) con la lógica secundaria (deducción, etc.), y son obra del preconsciente. Green llega a decir que estos procesos terciarios podrían definir la normalidad en todo proceso creativo o científico.

En el pensamiento de Andree Green, que está en línea con el movimiento contemporáneo del psicoanálisis, el trabajo analítico ya no se deja encerrar en la antigua partición jerárquica entre el “oro” del análisis puro y el “cobre” de la psicoterapia. 

Como parte  del encuadre con estos pacientes de frontera, el trabajo se despliega en tres direcciones: el trabajo de psicoanálisis (en el consultorio, abarcando psicoterapias individuales, grupales, de pareja o familiar, incluso en instituciones); el trabajo del psicoanalista (fuera del setting, allí donde el saber analítico se convoca: escuela, empresa, justicia); y el trabajo del psicoanalizado (la puesta en acto, en la vida y en los vínculos, de lo adquirido en la experiencia analítica). Esta ampliación no diluye el psicoanálisis; lo abre a su destino como proyecto inacabado.

En el corazón del dispositivo analítico los aspectos del encuadre estarán dados por lo que distingue como la matriz activa (la asociación libre del analizante unida a la atención flotante del analista, el imperativo de poner todo en palabra sin actuar ). También los parámetros materiales (frecuencia, duración, honorarios, vacaciones, diván o cara a cara). 

La matriz activa es lo que une psicoanálisis y psicoterapia en su esencia. El diván no decide la profundidad; puede haber trabajo analítico intenso en posición cara a cara  para investir al objeto o para que lo irrepresentable comience a dibujarse.

El encuadre no es mero contenedor externo: constituye una función constituyente, un espacio transicional donde se juega la unión y la separación, donde adviene el objeto analítico como creación singular de ese par analista-paciente.

La neutralidad benévola es disponibilidad receptiva hacia las producciones inconscientes propias y ajenas, una espontaneidad que acoge incluso las reacciones transferenciales intensas (positivas o negativas), en lugar de una artificialidad técnica. 

En las estructuras no neuróticas (fronterizas, narcisistas, desorganizadas) el encuadre se convierte en índice de analizabilidad; su adaptación y, sobre todo, la capacidad del analista de aguantar (en el sentido winnicottiano de sostener sin retaliar) resultan decisivas.

La transferencia es concebida  en su doble vertiente: transferencia sobre la palabra y transferencia sobre el objeto (el analista como provocador y causa del discurso). El analista escucha simultáneamente el conflicto intra-psíquico en las asociaciones y lo que esas palabras le dirigen a él, entrelazando lo pulsional-objetal con lo intersubjetivo. 

Así, el análisis es un rodeo por el otro para volver sobre sí; la palabra dicha al otro retorna transformada, mediatizada por la intersubjetividad asimétrica (dos reunidos para hablar de uno). 

La contratransferencia no es mero residuo ni punto ciego; puede ser vehículo de lo no representable, huella traumática que se abre en el vínculo, cualidad afectiva que se añade al campo, instrumento para modificar el setting cuando lo exige la necesidad de percibir al objeto.

Respecto del silencio del analista, Green lo diferencia radicalmente del vacío. Es un silencio poblado, un estado de vacuidad interna (sin memoria ni deseo, en el sentido bioniano) que permite recibir lo nuevo. En las neurosis clásicas actúa como guardián del encuadre, borrando lo manifiesto para dejar emerger lo latente; la palabra interpretante debe ser plena, simbólica. 

En los pacientes con predominio de lo desobjetalizante o lo negativo, el silencio prolongado puede desatar intolerancia; allí se requiere discernir cuándo es fecundo y cuándo debe ceder paso a intervenciones que apuntalen la narcisización o faciliten la representación. 

Finalmente, el pensamiento clínico (concepto central de sus últimos años) designa esa racionalidad específica nacida de la experiencia práctica, irreductible a la teoría pura o a la investigación objetiva cuantitativa. Es un pensamiento terciario que religa procesos primarios y secundarios, que asume la sobredeterminación, el après-coup, la lógica de la heterogeneidad. Articula lo intrapsíquico del analizante con lo intrapsíquico del analista y con el vínculo intersubjetivo que los atraviesa, dando lugar al objeto analítico como resultante. 

En la clínica contemporánea, sobre todo con lo no neurótico, se confronta con lo irrepresentable (lo que escapa a la figurabilidad psíquica) y trabaja para transformarlo en representaciones. El analista, en sesión, imagina, asocia, religa fragmentos, siente, contiene, interpreta desde su encuadre interno; su mente abierta inviste cada proceso como único. El mayor riesgo para el porvenir del psicoanálisis no reside en las modificaciones técnicas, sino en la declinación de este pensamiento clínico. Green nos lega, pues, una invitación a seguir pensando el psicoanálisis como experiencia viva, compleja, siempre por venir.

Vanina De Simone

Lic. en Psicología, Magíster en Psicoanálisis

Bibliografía

-Asociación Psicoanalítica Argentina. (2025). Introducción a la obra de André Green [Curso asincrónico].

Green, A. (2005). El pensamiento clínico y el psicoanálisis contemporáneo. Amorrortu.

-Green, A. (2010). El pensamiento clínico. Buenos Aires, Argentina: Amorrortu.

-Green, A. (1980). La nueva clínica psicoanalítica y la teoría de Freud. Amorrortu editores.

-Green, A. (1980). La nueva clínica psicoanalítica y la teoría de Freud. Amorrortu editores.

-Rappoport de Aisemberg, E. (1999). “El analista, la simbolización y la ausencia en el encuadre psicoanalítico veinticinco años después: Coloquio con el Dr. André Green”. Revista de Psicoanálisis, 56(2), 355-374.