–El duelo como proceso intrínseco a la migración.
Toda experiencia migratoria implica pérdidas. En mayor o menor grado, aparecen duelos por la familia, la lengua, la cultura, el grupo de pertenencia, las referencias simbólicas y los modos de vida conocidos. Estos duelos no se elaboran de una vez y para siempre, sino que se reactualizan en distintos momentos del proceso.
Acompañar clínicamente implica ayudar a que ese dolor pueda transformarse, integrándose a nuevas experiencias y significaciones. Desde una perspectiva clínica, podemos distinguir distintos modos de duelo migratorio.
En primer lugar, el duelo elaborado, en el que el sujeto logra mantener un vínculo simbólico con el lugar de origen y adaptarse al nuevo contexto, encontrando beneficios que compensan las pérdidas.
En segundo lugar, el duelo no elaborado, que aparece cuando las pérdidas no logran tramitarse adecuadamente, ya sea por condiciones migratorias adversas, entornos hostiles o falta de recursos psíquicos y sociales. En estos casos, el trabajo terapéutico apunta a fortalecer recursos y habilitar nuevas vías de elaboración.
En tercer lugar, el duelo imposibilitados, caracterizado por pérdidas acumulativas y una situación de alta vulnerabilidad, con riesgo para la salud mental y física, donde suelen aparecer cuadros depresivos o ansiosos severos.
Estos distintos tipos de duelo muestran que la adaptación a la migración no es un proceso lineal ni homogéneo. Cada historia, cada contexto y cada subjetividad marcan un modo singular de atravesar las pérdidas y transformaciones implicadas.
Al trabajar con personas migrantes, resulta central considerar una forma particular de pérdida: la pérdida ambigua. Se trata de pérdidas que no admiten un cierre claro, ya que lo perdido está simultáneamente presente y ausente. Los lugares, las personas y las costumbres del país de origen no están físicamente disponibles, pero permanecen vivos en la experiencia psíquica y afectiva del sujeto.
Esta ambivalencia puede sostener la identidad, pero también dificultar el anclaje en el presente, generando sentimientos de confusión, culpa o inseguridad emocional.
La pérdida ambigua no se elabora como un duelo tradicional, ya que el objeto no está definitivamente perdido. Acompañar este proceso implica ayudar al sujeto a integrar esa presencia-ausencia de un modo que no obture su posibilidad de inscripción en la nueva realidad, teniendo en cuenta sus recursos, condiciones materiales y posibilidades de contacto con el país de origen.
–La angustia frente a la ajenidad en el sujeto migrante.
Hay sujetos para los cuales el cambio, sobre todo cuando es masivo, abrupto y exteriormente impuesto, se vive como una amenaza casi insoportable al núcleo mismo de la identidad. No se trata únicamente de conflictos intrapsíquicos; esa angustia nace, ante todo, del modo en que el sujeto está anudado al Gran Otro de su mundo.
Ordinariamente, aunque el entorno se transforme, el yo conserva la ficción útil de un punto fijo, un “yo soy idéntico a mí mismo” que funciona como punto de capitoné narcisista. La migración, al romper simultáneamente los lazos simbólicos, imaginarios y reales con el paisaje, la lengua, los objetos y las figuras que sostenían esa ilusión de permanencia, hace tambalear ese anclaje.
El mundo externo ya no responde como espejo familiar, y con ello se resquebraja la certeza de que algo en el sujeto permanece inmutable.
Lo que emerge entonces es una angustia específica ante la alteridad radical: el territorio desconocido aparece como puro real desprovisto de garantías, y el futuro como una apuesta sin el amparo del Otro que hasta entonces dictaba el guión. El sujeto se ve confrontado a la falta-en-el-Otro y, al mismo tiempo, a su propia falta-en-ser.
De allí la compulsión a verificar que “todo sigue igual”, el mismo barrio, la misma comida, los mismos olores”, los rituales defensivos de repetición, el aferramiento a lo idéntico como último bastión frente a la castración. Cambiar implica aceptar que no hay garantía, que el deseo deberá rehacerse en un nuevo escenario donde el Otro ya no responde de la misma manera. Y eso despierta terrores primordiales: miedo a la pérdida de los objetos que apuntalaban el yo, miedo a salirse del lugar asignado en el discurso social, miedo a la desubjetivación.
El cuadro clínico habitual combina ansiedad flotante, tristeza melancólica, inhibición y una retracción narcisista que lleva al aislamiento. Lo que más duele no es solo la ausencia de los objetos perdidos, sino la herida en la sensación de pertenencia: ya no hay un lugar simbólico seguro donde el sujeto pueda reconocerse como deseado o como deseante.
En la cura, esa angustia frente al cambio no se resuelve ofreciendo seguridades externas, sino acompañando al sujeto para que pueda tolerar la hiancia, para que el vacío dejado por el Otro caído deje de ser puro agujero y se convierta en el espacio donde algo nuevo, siempre precario, siempre parcial, pueda inscribirse.
Lic. en Psicología, Magíster en Psicoanálisis.
Bibliografía
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